2 Poemas de Miralda Marlen
Miralda Marlen, una de las poetas jóvenes más interesantes de Nuevo León, nos comparte con generosidad dos de sus poemas. Su impronta es intensa y sus imágenes tajantes. Sabe jugar con la plegaria y el halo infinito de la figura de dios. Eso queda claro.
Hace poco publicó su primer libro Entomología de la Mujer, que invitamos con mucho gusto a leer.
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Plaza de los desaparecidos
Camino por la plaza de los desaparecidos y las estrellas no dejan de soñar con niñas huérfanas, esas que llevan su corazón palpitante en la mano con silueta de infancia desaparecida. Enciendo un cigarro mientras observo cada rostro tatuado en las pieles de un cristo dormido. Cargo con un huracán en el pecho, se esconde entre los escombros de cada vértebra. Y los asteroides planetas galaxias se retuercen para poder alcanzarme, alcanzar a la desahuciada que humea la primera sílaba, primeros pasos, calidez de palmas al cruzar la calle, bailar con tacones de mamá, saltar la rayuela, la tosca mano bajo falda, esperma diluviando en depresión y un sexo pulverizado en la sed. Hoy desperté enmascarada de humana con una jauría de bestias mordisqueando los senos, abren mis pezones de par en par y se asoman como una grieta en el catre. Tal vez, demasiado humana, demasiada carne para sentirme esqueleto de burro con las tripas destazadas en pico de buitres, en este pueblo que olvida la maldición de su gente. Que me perdonen las estrellas porque soy la cobarde niña extinguiéndose en el reencuentro de su voz. ¿Qué es la libertad? Más que una costilla de Adán pulverizando las arterias. Juego a existir en la suciedad del suelo, gestándome en filo de piedras y bebo en sorbos la tempestad del charco donde se reflejan las risotadas llameantes de un dios que me aguija. Cargo con la oquedad de una zanja que me escribe fugitiva. No creo en el eco de mi cadáver, aunque el tálamo sea una tumba de enredaderas con una cruz que acaricia la humedad de la mortaja. Las estrellas tiemblan y la soledad teje una telaraña para esta voz, tengan piedad arañas moscas gusanos porque la luz de las estrellas ya no alcanza, la plaza de los desaparecidos crece y yo me entierro para dejar de escuchar los ronquidos de ese dios.
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Ya no hay cartas
Ya no hay cartas
Dejé de escribirte cartas
Dejé de escribirte edén de mis manos.
Dejé de tener fe en amarte.
Jauría de esperanzas bajo el calor de tus brazos
sangre seca dibujante vuelo de polilla.
Eran bestias de papel huyendo del aire
así como mis ojos ya marchitos por tu regreso.
Recuerdo el día que tu mirada bajó a mi pecho
y me desnudaste mujer, lista para recibir una manada de bisontes hambrientos.
¿Recuerdas mis súplicas?
Las palabras se estancaban en el tejado
después de verter mis lágrimas
en este mendrugo de ausencia
arremolinaba la sal en las fisuras
escondía la miseria bajo tu nicho.
Abrigada con tu manto me lanzaba a la hoguera
y me ahogué bajo pálida voz incendiándose en la noche
buscaba el toque suave de los ángeles en la ventana
para volar en tu manto de quetzal.
Acaricié la pira indómita
de tu mirada acechante en mi pecho
para sentir el roce del agua bajo piel.
En tu caricia de santo, nómbrame.
Nómbrame como invocabas mi hambre salada en tu boca.
Nómbrame como escribías la ausencia del amor que imploraba.
Nómbrame como dibujabas el diluvio ácido en abrojos de la carne.
Yo soy la palabra empolvada en tus labios
el hueso intacto del escorial.
Barro surcando fósiles de aquella voz que me habita.
La arena bulle en su rojedad
así como untaste tu olvido en mis plegarias
arde en esta boca de ramaje espinado.
¿Porque me sigo escondiendo de las estrellas?
Será que tus manos de Viernes Santo anochecen en silencio
sepultan mis senos bajo veneno y musgo.
De mi esperanza no queda nada
más que un epitafio anímico
que se disuelve en este patio eclipsante.
Existe una carta entreabierta
que hurga en su amarillento devenir
de súplicas marchitas en tu nombre.
Porque tus párpados, manos, y plantas no bastaron
para salvar el palpitar de este corazón ya sin raíces
con la sangre coagulada hasta el nombre.
Me supiste escribir mujer
devolver cada súplica hasta soñarme niña
entregar cada sílaba de mi carne.
Serle fiel a tu imagen arrugada en mis pezones requemados.
Ya no busco una carta para escribir piedad
ahora soy yo, un trozo de papel sangre niña
que se escribe solitaria entre piedras.
Descalza busco el espejismo sordomudo de mi dogal.
¿Recuerdas mis súplicas?
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Miralda Marlen (2000, Monterrey) es maestra de preparatoria y colaboradora de la Editorial Revontuli. Autora del poemario Entomología de la mujer (2025) bajo el sello de la Casa Universitaria del Libro. Obtuvo el primer lugar en la categoría de poesía en el Certamen de Literatura Joven Universitaria y fue becaria del Centro de Creación Literaria Universitaria en la Casa Universitaria del Libro. Además, fue seleccionada finalista del Primer Concurso Estatal Epistolar “Ninfa Sepúlveda Medrano”. Su obra ha sido publicada en medios digitales e impresos como Papeles de la Mancuspia, revista Malaquitas, Escritores del Fin, Relatos de la Cuarentena, SOL FILAMENTO, boletín editorial An.alfa.beta y Círculo de Poesía.