Caracola Ediciones

"¿Por qué no hablas con él?", un cuento de Hiram Ruvalcaba

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Luego de un par de amenazas de aborto, lo mejor fue hacernos la idea de que quizás el feto no llegaría al mundo. Era nuestro primer embarazo, pero ya algunos amigos habían experimentado abortos espontáneos y ésa, por cierto, no era una experiencia que quisiéramos tener. Entre la lista de complicaciones que nos habían dictado en los consultorios de ginecología aparecían dolores en diferentes formas y nombres, sangrados, y, en el peor de los casos, la pérdida del producto y de la madre.

Ahora que faltaban sólo semanas para ser padres pasábamos la mitad del día tensos o de plano aterrados. Amanecíamos locos de alegría, de miedo, de preocupación, hasta de rabia. Quizás por eso habíamos tardado tanto en comprar las cosas del bebé. No fue mala planeación, como Alejandra me echaba en cara cada vez que podía. Era eso: darte cuenta de que tu viaje en el mar de la incertidumbre termina y tienes que prepararte para un paso demasiado grande, demasiado real. Aunque debo confesar que, en mi caso, la serie de complicaciones me había vacunado contra la ilusión.

Desde que vimos el anuncio supimos que la carriola era nuestra. “Está nueva, sólo la sacamos de la caja”, decía la descripción; a juzgar por las fotografías, era cierto. Los colores, la forma, incluso las llantas se ajustaban a nuestras necesidades de padres primerizos. Y el precio también, tan bajo que, cuando el dueño nos mandó mensaje para avisarnos que aún estaba disponible, casi no creímos nuestra suerte.

El coto estaba cerca de donde vivíamos, apenas a un par de kilómetros. Las casas eran grandes, bien hubiéramos podido meter nuestro departamento dos o tres veces en cada una. Fuimos caminando a pesar de que a Alejandra le habían recomendado reposo.

—Tengo que hacer ejercicio, Marcos, tú qué sabes qué es mejor para mí si no eres doctor.

Durante el camino, hablamos poco el uno con el otro y apenas para lo más esencial. O quizás lo justo sería decir que yo preguntaba cosas y Alejandra me respondía con monosílabos, si es que me contestaba. “Así nos ponemos con el embarazo”, me decían mi madre y mis tías. “Lo mejor que puedes hacer es aprender a callar”. A pesar de los ánimos, era una hermosa tarde de domingo. Los jardines arreglados de las casas suburbanas, la gente paseando a sus perros, un par de niños corriendo en el parque, una larga letanía de besos en las aceras. Todo estaba en calma. Ganaba la sensación de paz. De vida bien recompensada.

—Mira, es ésa.

La casa que Alejandra señaló tenía una cuna en el jardín de la entrada, encima de una capa de césped recién cortado. Llevaba un letrero de “$”, aunque no especificaba el precio. Era muy bonita, la clase de cuna que personas como nosotros no podíamos aspirar a comprar. Tenía un paisaje infantil pintado a mano en la cabecera, detalles grabados en el barandal y en los cajones y ostentaba, como señora acicalada, un móvil de avionetas y naves espaciales que se balanceaba con las caricias del aire.

—¿Cuánto pedirá por ella?

Tocamos el timbre, por unos segundos no hubo respuesta. Mientras esperábamos, Alejandra se acercó a la cuna y tanteó la fina superficie de la colcha. Tenía dibujos de animales: un león, un elefante, una jirafa y un zorro. El tono pastel de la madera combinaba con las almohadas que también estaban estampadas con animales. Una de ellas, la más grande, llevaba escrito un nombre: M a n u e l. Cada letra en un color diferente: rojo, naranja, amarillo, verde, morado, azul. No sé por qué, pero ver aquellas letras me hizo sentir que estábamos invadiendo el lugar.

—¿Se les perdió algo?

La voz llegó desde la entrada de la casa. Dimos la vuelta sobresaltados, como si nos hubieran atrapado en plena travesura. Se trataba de un hombre alto, despeinado, algo mayor que nosotros, vestía un pants y una camiseta y una barba de varios días. En su mano sostenía un cigarrillo encendido que acercó a su boca sin dejar de mirarnos. Aspiró largamente. Adiviné que lo habíamos despertado con el timbre. Pero, a pesar de su tono hostil, emanaba un aire de tranquilidad, como si nada de lo que pasara en aquella tarde pudiera perturbarlo.

Sin ninguna clase de discreción, miró la panza henchida de Alejandra. Su boca se torció en algo parecido a una sonrisa. Ella, mucho más rápida en reponerse, le indicó que veníamos por la carriola. Sacó el anuncio que habíamos arrancado de un poste unos días antes y se lo mostró sonriente. Sus labios eran dos paréntesis en los que cabía la tarde entera.

—Ah, son ustedes. Perdón, no sé ni qué hora es… —dio un par de pasos y, cambiando el semblante, nos tendió la mano—. Pasen, por favor, está aquí adentro.

—¿Ya le compraron la cuna? —preguntó Alejandra.

El hombre la miró como si apenas se diera cuenta de que la había dejado ahí. Los aviones seguían dando vueltas en sus hilos de colores, haciendo sonar una pequeña campana en la parte superior del móvil.

—No. La acabo de poner en venta. Ni siquiera recuerdo cuánto costó. Creo que quince mil pesos —dio una chupada ante la mirada de decepción de Alejandra, tosió. Luego me miró a mí y fue como si acabara de reconocer a un viejo colega—. Bueno, quizás cuatro, o cinco. No recuerdo. Pero pasen, pasen —arrojó su cigarrillo al suelo y lo aplastó, sonriendo—. Aquí adentro nos arreglamos.

El interior de su casa se dividía entre el candor y el abandono. Los muebles estaban organizados con cierto encanto. Un par de mesas y el trinchador sostenían fotografías familiares: una mujer en los brazos del hombre, un día de campo junto a un lago, la mujer sola, tomándose el estómago como si fuera una reliquia. Las cortinas entretejían la luz del atardecer. Los libros abarrotados en las paredes de la sala nos regresaban miradas brillantes. Por encima del aroma a cigarro que pendía del aire, podía respirarse que en aquel lugar hubo una familia. Y la casa lo recordaba. A pesar de esto, había un silencio antinatural, además de un rumor de humedad similar al que queda en ciertas bodegas donde uno deja los objetos olvidados. La mesa, en donde nos sentamos los tres, tenía también una ligera capa de polvo; acumulado —quizás— durante varias semanas.

El hombre la sacudió con un trapo y fue hasta una habitación invisible para traernos la carriola.

—Está muy sucio, ¿verdad? Discúlpenme, ya no vive nadie aquí —dijo al volver, y de nueva cuenta miró la barriga de Alejandra con aquella mueca de misterioso afecto—. ¿Cuánto tienes?

—Treinta y dos semanas… —respondí sin saber por qué mi voz sonaba hosca.

—Treinta y cuatro. Cua-tro —añadió Alejandra mirándome con ojos belicosos.

Mientras armaba la carriola, nos preguntó si el niño se movía mucho o si era más bien tranquilo.

—¡Es un lagartijo brincón! —respondió ella.

—No se mueve tanto.

—Eso crees porque tú no lo cargas. Ni siquiera lo acaricias porque dices que te da miedo.

—No es verdad —me defendí, avergonzado. Aunque lo cierto es que acariciar la panza me producía recelo. Veía con malos ojos a aquellos padres que platicaban con las barrigas, haciendo la voz chillona de infantes grotescos. Me parecía un ritual ridículo hacia un feto que aún no reconocía a nadie. Por otro lado, no podía negar que me causara un poco de miedo. Miedo de lastimar a Alejandra, sí, pero tampoco lograba reconciliar la paternidad inminente con mi anterior decisión de no encariñarme con un ser que podría desvanecerse en cualquier capricho del destino.

Había algo más, cierta sensación de intimidad entre la madre y su barriga que yo no quería perturbar.

—Di lo que quieras, pero ésa es la verdad. Te digo que le cantes, pero ni siquiera le hablas.

Una vez armada, Alejandra vio la carriola con ilusión. Se levantó para examinarla, tratando de encontrar alguna falla que nos bajara el precio. Pero estaba impecable. Se acarició la panza: “mira bebé, ya te compramos un coche de carreras”, y luego rio como una niña. El hombre me dio una palmada en el hombro. “Es muy bonita, felicidades”, me dijo mientras la miraba.

No le di las gracias.

—¿Cuánto quedamos que era? —dijo Alejandra, a pesar de que habíamos contado el dinero varias veces en casa antes de tomar el camino.

—No lo sé, ¿cuánto?

—Eran dos mil, ¿no?

—Alejandra…

—Dos mil. Ya recuerdo, sí —dijo el hombre, divertido.

Mirándome con orgullo, ella le entregó el dinero, pero él lo dejó reposar ahí en la mesa, por encima del polvo.

—¿Tiene más cosas? —pregunté. La reciente transacción nos acababa de dejar dinero extra.

El vendedor se levantó de un salto y corrió con pasitos chuscos hacia la habitación del fondo. Durante un par de minutos lo escuchamos removiendo objetos, abriendo y cerrando cajones, arrastrando muebles. Mientras esperábamos traté de reprocharle aquella treta a Alejandra; su respuesta, como siempre, fue contundente.

—Pues claro, como tú no la vas a pagar, no te importa que salga más cara —colocó sus palmas alrededor de la barriga y empezó a acariciarla. Su rostro se arrugó en una mueca dolorosa—. Mira, ve las bolas que me hace. Cálmate, lagartijo.

La panza se había deformado del lado izquierdo, por un momento me imaginé que una pequeña mano se extendía hacia el exterior de la piel tratando de llegar al mundo.

Junto a nosotros, un grupo de fotografías decoraba una mesa pequeña. Nos llamó la atención la mujer, que ahora vestía un largo manto rosado. La foto había sido tomada a contraluz, de manera que sus senos y su barriga resaltaban con una sensualidad estremecedora.
El hombre reapareció con una gran caja llena de juguetes, ropa, peluches, baberos. La colocó en el centro de la estancia.

—Véanla con confianza, seguro encuentran algo que les guste.

Como niña en juguetería, Alejandra no tardó en ir sobre las cosas. Se paró junto al sillón y empezó a sacar todos los objetos, que depositaba con cuidado en los muebles. Durante un rato empezó a negociarlos uno por uno.

—Me gusta esta ropa. ¿Cuánto quiere por ella?

—Te la dejo en seiscientos pesos.

—¿Le parece bien trescientos?

—Sí, trescientos está bien.

—¿Y este saquito para dormir?

—Ese no lo compré yo, pero… ¿quinientos?

—Doscientos.

—Claro, claro. Doscientos.

—¿Estos peluches?

—No sé…

—Sólo me quedan quinientos pesos.

—Llévatelo todo. Estoy seguro de que quinientos pesos son suficientes para pagar lo que queda.

Dijo, y empezó a reír de manera muy peculiar. Al escucharlo me dio la impresión de que se le había olvidado la risa en algún lugar de su vida y ahora, con Alejandra, por fin la reencontraba.
Le entregamos el dinero y de nuevo lo dejó caer en cualquier lugar de la mesa. Alejandra y yo nos miramos un instante y por primera vez en el día me sonrió, satisfecha por haber cubierto aquellas compras en una sola tarde. Empecé a acomodarlo todo en la caja y, al organizar, me di cuenta de que algunas cosas conservaban la etiqueta. No se lo hice notar a Alejandra, quien empezaba a contarle al hombre los planes que teníamos. Él le sonrió vagamente, como si al mirarla estuviera en realidad viendo un punto más allá de ella.

En cierto momento de la conversación, el hombre alzó la mano, tocó la barriga y la dejó ahí. Quieta, como un pequeño mamífero. En cualquier otra situación le hubiera reclamado, pero no pude percibir ninguna malicia en el acto. Dejó la mano un par de segundos. Quizás unos cuantos segundos más de lo que hubiera sido normal. No sé cómo explicarlo. Luego, al darse cuenta de que lo mirábamos, el hombre la soltó y nos pidió disculpas. Alejandra le dijo que no había problema. Yo, sin embargo, sentí que entre ellos había nacido un pacto secreto del que no formaba parte.

No hubo ningún otro comentario de por medio. De pronto nos pareció que ni siquiera se dio cuenta de lo que había hecho. Sin mirarnos, recogió la caja del piso y nos encaminó, con una gran sonrisa, a la salida de su casa.

—Yo cargo esto, anda; ve con tu chica y despreocúpate —me dijo guiñándome el ojo.

Cuando pasamos junto a la mesita de las fotos, Alejandra se detuvo y tomó, con mucho cuidado, el retrato de la mujer. Lo observó un instante y yo pude notar que, escondida detrás de las fotografías, había una pulsera de papel; llevaba escrito un nombre de mujer y un número.

—Qué bonita es. ¿Es su esposa?

El hombre caminaba detrás de mí, asomando con curiosidad los ojos por encima de la caja.

—Sí. Muy guapa, ¿cierto? —dijo todavía jovial. Luego hizo una pausa—. Mi esposa, sí. Pero ella… ella está en otra parte —añadió sacudiendo el polvo de su voz. Su manera de decirlo no nos permitió indagar más. Alejandra volvió a dejar la foto en su lugar y caminó, decidida, al exterior.

Cuando salimos de la casa, nos dimos cuenta de que el cielo empezaba a tomar nuevos colores. Las risas de los niños seguían haciendo un eco vivo en la distancia. La vida pacífica empezó a envolvernos dulcemente. El hombre dejó la caja en el césped, a un costado de la cuna.

—Entonces… ¿cree que pueda guardarnos la cuna? —empezó Alejandra, quien de seguro ya había hecho las cuentas.

El hombre se secó el sudor con la manga de su camiseta y nos sonrió.

—¿Saben? Lo mejor será que se la lleven. Es una buena cuna. La compramos con mucho amor. Sería un privilegio que la tuvieran.

—¿De verdad? —dijimos ambos.

Sin decir otra cosa, retiró el papel con el letrero de “$” y lo hizo pedazos. Los tres sonreímos un rato, como si fuéramos un grupo de amigos celebrando un encuentro esperado. Pronto Alejandra empezó a remover la colcha y las almohadas. Recogió la que tenía escrito el nombre de colores.

M a n u e l.

—Mire, yo creo que ésta no la vamos a necesitar —dijo mientras se la entregaba.

El hombre tomó la almohada con mucho cuidado, la vio unos segundos como si por primera vez abriera los ojos. La acercó a su pecho y la sostuvo ahí.

—Gracias. No me hubiera gustado perderla.

Aunque me disponía a llamar a alguien para el flete, insistió en llevarnos él mismo en su camioneta. Antes de poder reprocharle, empezó a cargarla con nuestras cosas. Le prometí, lleno de vergüenza, que le pagaría hasta el último centavo por la ayuda. Pero él sólo se rio. Dijo que no le debíamos nada.

—¿Cómo se va a llamar su bebé?

—Naím —respondí.

—Quiere decir “felicidad”. Al principio discutimos mucho para elegir su nombre, pero hace un par de meses tuve una amenaza de aborto, y decidimos que lo mejor era no preocuparnos por tonterías. Que se llame como se llame, pero que nazca bien. ¿No?

—Es un buen nombre —dijo acercándose, siempre mirando con fijeza la barriga de Alejandra—. El embarazo es muy delicado. Así que tienes que cuidarlos mucho, ¿eh? —ahora me hablaba a mí; su mirada aguda, dominante—. Un bebé es la criatura más indefensa del mundo, necesitarás hacer todo lo que esté en tus manos para que nunca le pase nada. Nunca nunca nunca nunc…

Su voz se evaporó.

Nos quedamos callados unos segundos. Con la mirada en el suelo, el hombre volvió a hablar.

—¿Puedo tocarte?

Alejandra asintió. El hombre se puso en cuclillas hasta que su cabeza quedó a la altura de la barriga. Delicadamente, su mano se posó en ella y, mientras la acariciaba, empezó a platicar con el bebé. Parecíamos una familia, durante este tiempo en que el hombre rio, contó un chiste, cantó una canción de los Beatles, y habló de Alejandra, de mí, de las cosas que nos llevábamos a casa, “porque tú, Naím, eres un nene muy afortunado”.

Pensé que yo jamás me hubiera atrevido a hacer algo así. Era ridículo, pero, al mismo tiempo, sentí que el momento tenía algo de impenetrable y sagrado. Un calor agradable empezó a crecer entre nosotros. Su mano hacía círculos concéntricos alrededor del ombligo, como si aquel hombre desconocido coordinara, desde la punta de sus dedos, un sistema planetario cuya lógica sólo conocía él. “Me hace muchas cosquillas”, le susurró Alejandra. Pero no lo detuvo.

—¿Por qué no hablas con él?

Me dijo.

—Mira, ponte aquí donde estoy yo —no sé por qué obedecí. Los dos mirábamos aquella panza, como dos peregrinos que se han postrado frente a un altar—. Habla con tu hijo. Cuéntale de ti. De tus planes. De su futuro. Dile que nunca va a estar solo. Dile que lo vas a cuidar toda su vida. Los bebés te sienten, pueden reconocer tu voz, y eso los pone contentos. Acércate. Pega tu cabeza en el ombligo. ¿No escuchas?
—No escucho nada —sintiéndome cada vez menos ridículo, empecé a llamar a mi hijo.

—Cierra tus ojos. Háblale. Mira, acarícialo. Canta. Escucha el sonido de la vida. Si eso no es la palabra de Dios, entonces Dios debe de ser mudo. ¿No crees?

Yo seguía hablándole a la barriguita, con la oreja pegada en ella, escuchando con mucha atención aquel silencio acuático. El hombre seguía guiándome. Mi corazón crecía.

—¡Marcos, está pateando!

—Habla con él. Dile que lo quieres mucho.

La tarde era un gato rojizo que se echaba panza arriba en el cielo de Tlayolan. Continué hablando con mi hijo durante no sé cuánto rato más, hasta que mis piernas entumidas me hicieron caer de rodillas en el césped recién cortado.

Un cuento originalmente publicado en Padres sin hijos (2021).

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Hiram Ruvalcaba (Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, atlista y profesor de literatura. Ha ganado diversos premios nacionales en narrativa y crónica. Publicó los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021), De cerca nadie es normal (2022) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021). Los elefantes mueren de sed (2026) es su último libro.

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